Eric Vanderaerden, conocido por sus 139 victorias profesionales, incluyendo cinco veces las Tres Días de De Panne, Gante-Wevelgem y el Tour de Flandes, alcanzó la cima de su carrera en 1987 al ganar el París-Roubaix. Esta edición fue una de las más brutales jamás registradas, con solo 47 ciclistas terminando de los 192 participantes. En 2007, Ed Hood tuvo la oportunidad de conversar con Vanderaerden sobre aquel día inolvidable y otros momentos destacados de su trayectoria.
La carrera de Vanderaerden fue marcada por su dominio en las clásicas del norte, apoyado por el potente equipo Panasonic, dirigido por Peter Post. Su preparación para las carreras no incluía un reconocimiento exhaustivo del recorrido; Vanderaerden confiaba en su instinto y memoria, que le recordaban las particularidades de cada tramo una vez que había corrido allí anteriormente.
El plan de Peter Post para el día era simple pero ambicioso: ganar. Vanderaerden contó con el apoyo crucial de sus compañeros de equipo, como De Keulenaer y Lammerts, quienes lo acompañaron el mayor tiempo posible. Para afrontar las exigencias del París-Roubaix, se optimizaron las bicicletas con neumáticos más anchos y una presión más baja.
Las duras condiciones climáticas de ese año, con lluvia y barro, favorecieron a Vanderaerden, quien había sido tres veces campeón de ciclocross en su juventud. La nutrición durante la carrera se basaba en alimentos sencillos como pequeños bocadillos con plátano, mermelada o miel, dada la ausencia de opciones sofisticadas en aquel entonces.
El principal rival a tener en cuenta era Sean Kelly, a quien Vanderaerden vigiló durante toda la jornada. Una caída de Kelly a 25 kilómetros de la meta sirvió como señal para que Vanderaerden lanzara su ataque definitivo. Logró alcanzar a un grupo de cuatro escapados que rodaban por delante, y a pesar de haberlos perseguido en solitario, los superó al sprint en la meta, situada entonces en las afueras de la fábrica La Redoute en Roubaix. Versluys y Dhaenens completaron el podio.
Para Vanderaerden, la victoria en el París-Roubaix de 1987 fue un día “maravilloso”, comparable en emoción a su triunfo en el Tour de Flandes en 1985. Incluso Peter Post, conocido por su seriedad, mostró una leve sonrisa ante el éxito de su pupilo.
Respecto al premio, ese año no se entregó la tradicional piedra de pavé. En su lugar, el primer clasificado recibió un pequeño “cobble” dorado, un trofeo que Vanderaerden conserva en su hogar. Las duchas al final de la carrera, famosas por su dureza, son simplemente “otra parte más” de la legendaria carrera.








